martes, 12 de junio de 2007

Memorias





LOS GRANDES NO SABEN NADA


Lo que les voy a contar me pasó con mi papá, con mi maestra y con la abuela (mi abuela de la ciudad, no la del campo; aunque estoy segura de que la otra tampoco sabría.)

Esa mañana después de cepillarme los dientes, lavarme la cara y mientras le llevaba el peine a mi papá para que me pusiera linda (Ustedes se preguntarán por qué eso no lo hace mi mamá .Es que ella, a esa hora, ya está en la oficina, pobrecita, entre expedientes y computadoras).
Cuando le llevaba el peine, como les decía, le pregunté:
- Papi, ¿qué es la Ley?
Papá me miró con un ojo, luego con el otro y respondió:
- Verónica, dejáte de jorobar y andá a tomar tu leche, que sino llego tarde al laburo.
Y me tomé toda mi leche sin la ley.

Ya en la escuela, en un momento en que mi maestra se quedó sola, porque siempre está rodeada de sus pollitos como suele decir, le pregunté:
- Maestra, ¿qué es la Ley?
Y ella, muy dulcemente me empujó hacia el patio y me dijo:
- Veroniquita, andá al recreo a jugar con tus compañeritos.
Y me fui a jugar, nomás, sin la Ley.

A la tarde mi papá nos lleva a la casa de la abuela, para que juguemos con nuestros primitos y con otros chicos del vecindario y, de paso, no molestamos en casa y mi mamá puede dedicarse a sus cosas.
Pero esa tarde parece que la abuela estaba chinchuda, porque se le llenó la casa de chicos, la puerta de la heladera se abría y se cerraba continuamente, había migas de galletitas por todo el piso y, accidentalmente, con la pelota, alguien había roto un vidrio del ventanal.
Yo esperé pacientemente que terminara de enojarse y cuando enfiló para la huerta que tiene al fondo del patio, me fui detrás.
Ella transplantaba mudas de lechuga cuando pregunté:
- Abuela, ¿qué es la Ley?
Sin dejar de ensuciarse los dedos con la tierra mojada, hizo un chasquido con la lengua y me contestó:
- ¡Schts! ¡Vayan a la vereda y déjenme en paz por un rato!
Parece que el enojo no se le había pasado del todo.

El que me dio la respuesta más acertada fue mi hermano Daniel:
- Vero, esas cosas las vas a aprender cuando seas grande.
Pero no estoy muy segura, porque los grandes, ¡los grandes no saben nada!
(De: “Las memorias de Verónica”)
Rosita Escalada Salvo




EL GRILLO JUAN

Sí; escucharon bien: el Grillo Juan.
No Juan Grillo; ése es el de Pinocho,. Lo que sucede es que en la familia de los ortópteros - que así se denominan- llamarse Juan es lo más común. Es...¡ como los Pérez de la guía telefónica!

Pues bien; el Grillo Juan tenía una triste y dolorosa historia: había perdido a su novia.
- ¿ Perdido a su novia? - dirán ustedes- ¿ Es que la raptaron? ¿ O se la quitó otro grillo más buen mozo?
No. Nada de eso. Se le perdió. Se extravió.

Les cuento cómo fue:

Resulta que el Grillo Juan, además de ser elegante, fino, discreto...¡ era romántico y poeta!
Un anochecer invitó a su novia Galatea a dar una vueltita por el jardín.
Iban los dos del brazo, oliendo el perfume de los jazmines, cuchicheando en voz baja, recitando poetas Juan - poemas que él inventaba- y escuchando ella, cuando de pronto...¡ qué desastre! ¡ Se largó un chaparrón imprevisto, con truenos, relámpagos y todo lo demás.
La Grillita se asustó tanto que empezó a gritar:
- ¡ Que se me moja el peinado de peluquería! ¡Que se me arruina mi hermoso vestido de muselina! ¡ Que tengo miedo! ¡ Que tengo frío!
El Grillo Juan corrió a cortar una campanilla, para que le sirviera de paraguas, pero se demoró un poquito, pidiendo permiso a la planta - porque era muy educado- y eligiendo la flor más grande, así cabían los dos.
Cuando regresó con su flamante paragüitas color granate...la Grillita Galatea ya no estaba donde la había dejado.
Grillo Juan primero creyó que estaba jugando a las escondidas; dio vuelta las hojas, movió las antenas tratando de localizarla, y quiso preguntarle al vigilante de la esquina si la había visto, pero no había ningún vigilante, por la lluvia.
Empapado y enojado, regresó a su huequito y esperó al día siguiente para llegarse hasta la casa de su novia.
Pero el tremendo chaparrón había inundado gran parte del parque y también el hueco de su Grillita Galatea.

- Entonces se ahogó- pensarán Ustedes.
Esperen, que la historia todavía no se terminó.

Grillo Juan anduvo días y días preguntando a todos los insectos que encontraba, si habían visto a su noviecita. Pero ninguno le dio una pista, una palabra de esperanza.
- Cri-cri...Ga-la-te-e-a!- La llamaba con voz llorosa. Y sólo le contestaba el silencio de la noche.

Entonces un día, desalentado y con resignación, tomó su guitarrita eléctrica (Ah, no les conté que también era músico, además de poeta?) Tomó su guitarra - sí, porque los violines eran cosa de sus bisabuelos- la enchufó en sus antenas y salió a cantar melancólicas canciones, por techos, patios y balcones.

Casi sin darse cuenta se metió en la cocina de la casa, donde escapó apenitas de un gato y de morir aplastado por un zapato.

Y a la media noche, en la oscuridad, volvió a entonar sus letras de amor.

Fue entonces cuando, de atrás de la heladera, ansiosa y loca de alegría, salió su Grillita que hacía ¡ más de una semana que estaba allí, oculta, desde la noche del chaparrón!

Se dieron un besito con las antenas y lenta, muy lentamente, contándose cosas, regresaron al parque y al huequito del Grillo Juan, donde habrían de vivir ellos... y los grillitos que después nacerían !

¡Chan chan! ¡ Chin chin! ¡Fin!


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De “Las Memorias de Verónica”